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Era impresionante ver, a primeras horas de la mañana, a los obreros andando varios kilómetros para llegar a los lugares de trabajo, despreciando a los tranvías que deambulaban sin otro pasaje que el conductor, cobrador y un "gris" como protección. Este espectáculo se repetía al término de la jornada, sin un desmayo por parte de aquellos extraños huelguistas que mostraban su protesta negándose a utilizar el tranvía para su desplazamiento. Durante diez días, nadie subió a ningún transporte público. Pocas veces se volverá a ver en una comunidad de millón y medio de habitantes una unidad de criterio y tan grande perseverancia, sin un desmayo.
Durante el día, los estudiantes y quienes no lo eran se dedicaron a sabotear a pedradas los tranvías y con toda clase de artimañas, conseguían el descarrilamiento del vehículo. Se arrancaron los adoquines de la calzada y se levantaron barricadas desde las cuales se luchaba contra la fuerza pública. El Gobierno acuarteló las tropas y de Madrid llegaron centenares de policías armados para reforzar el dispositivo represivo de la dictadura en la capital catalana. Las autoridades se vieron obligadas a rebajar el billete a su precio anterior, creyendo que con este gesto el problema estaba solucionado, pero este tenía raíces mucho más profundas. Se equivocaron: creían haber arreglado el asunto pero en realidad se había demostrado, a los ojos de todos, que con la unión era posible alcanzar metas hasta entonces inimaginables. Acabado lo de los tranvías comenzó una huelga general, también de impresionantes proporciones y de cariz revolucionario.